Con mi patrona, la Virgen del Villar

Me siento orgulloso de haber nacido en Igea y por eso, todos los años hago todo lo posible para estar con mi patrona, la Virgen del Villar.

Una devoción que según la leyenda se remonta a antes de la invasión árabe y que los igeanos honramos desde el primer fin de semana de mayo en la iglesia parroquial, hasta el primer domingo de septiembre: un día después, bien temprano, es cuando se devuelve en procesión hasta su ermita, en el cerro del Villar, a unos tres kilómetros del municipio en dirección a Cornago.

El día de la fiesta, poco después de amanecer y a modo de diana, se canta la última campanilla, cánticos en honor a la Virgen que despiertan a Igea durante los días previos que dura la novena. La imagen, del siglo XII, es adornada con las mejores flores, y todo el pueblo entona múltiples cánticos para acabar, ya en su ermita, con el tradicional himno: “que sois flor en nuestro campo, fragancia celestial. Es honra de nuestro pueblo, tu  protección singular”. Hace unos años, muchos vecinos subían descalzos hasta el paraje como ofrenda a la Virgen.

Acabada la misa, y tras el tradicional reparto de preñaos, ya el jolgorio se hace latente, la rondalla de Linares o la Pacheca animan nuestras calles y la gente se lanza al esperado encierro en la calle Mayor. A pesar de que me recomiendan evitarlo, mi sangre riojabajeña no me permite quedarme tras el burladero, y más si como en este año, algunos pretenden prohibir lo que para otros supone cultura y tradición. Así que ahí me veis, con el capote en mano. Todo por mi pueblo y por mi patrona.



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